ROBERTO CARNAGHI y su trabajo lleno de papeles

 

Da la sensación de que Roberto Carnaghi hace lo que quiere. Un año se lo puede ver en el teatro oficial haciendo a Shakespeare y al otro en el programa más visto de la televisión. ¿Qué lo mueve? ¿La casualidad o la causalidad? Porque primeros actores nacionales hay muchos, pero pocos que hagan de la falta de prejuicios una marca registrada como este hombre de la tele y el cine, pero, sobre todo, del teatro. “Eso existe”, admite. “Se fue dando desde que empecé a trabajar.” Sus comienzos ya preanunciaban algo. Era una especie de obrero de la actuación. “Incursioné en la publicidad a partir de Alberto Ure, que trabajaba en James Walter Thompson, una agencia top. Cuando llevé mis fotos me encontré con una realidad: me decían, ‘no sé por qué te manda, vos con esta cara no vas a trabajar”, repasa. Y se ríe, como casi siempre que da una respuesta.

Por María Daniela Yaccar 

Carnaghi no se desanimó para nada y puso su rostro de Pingüino de Batman al servicio de 100 publicidades. Ure –él sí con buena onda– le decía: “No tenemos gente con tu cara”. Trabajó para Ford, Citröen, Lira; aquí y en el resto del mundo. “Fui uno de los primeros actores que hizo humor en publicidad, que vivía un momento de auge”. En los ochenta se hizo conocido y llegó a la televisión. También consiguió pequeños papeles en cine. Participó de unos 50 programas. La fama le llegó cuando estaba junto a Tato Bores. Siempre se dice que a Carnaghi los grandes lo quieren por esa etapa y los chicos y jóvenes por papeles como el que hizo en La niñera. Casi como en toda su vida, hoy, a los 74 años, está dividido en dos: en el Broadway es parte de Las brujas de Salem, de Arthur Miller, y en la pantalla chica integra el elenco de la exitosa tira Graduados (Telefe). Nunca pero nunca dejó de hacer teatro. Y probó de todo, hasta los títeres.

–¿Esto de ser querido tanto por el mundo popular como por el intelectual, y de moverse como pez en el agua en ambos, fue algo buscado?

Para poder vivir de esto uno no puede desmerecer ninguna de esas cosas, pero también lo elegí. ¡En un momento estaba haciendo El tío Vania (de Chéjov), en La Galera, y de ahí pasé a hacer revista en el Maipo! Tenía posibilidades de seguir. Sofovich quería que me quedara porque le rendía y porque hacía cualquier papel. Pero me fui al San Martín ganando la mitad. No desmerezco la revista: hay que saber hacerla. No cualquiera puede ser Olmedo o Porcel, o Pepe Arias o Marrone. Cuando egresé de la Escuela Nacional de Arte Dramático (en 1966) empecé a estudiar con Carlos Gandolfo. Su línea era la antítesis. En ese grupo estaba Ure. Me volví loco, me puso de la nuca lo que pasaba y empecé a hacer un laboratorio. Dejé el trabajo. Dejé todo. Me dediqué pura y exclusivamente al teatro. Estaba casado y tenía un hijo, entonces empecé a tener problemas familiares. Ure me sugirió que me psicoanalizara. Cuando fui, en el ’67,  le dije: “no puedo pagar, no tengo un centavo”. Entonces el terapeuta me dijo: “Vamos a conseguir a través del análisis que trabaje”. Yo vendía vino, fiambre y cacerolas. Y él me dijo: “¿Por qué no busca dentro de su profesión? Carnaghi, hay que hacer hospital, no se puede hacer sólo laboratorio”. Así empezó todo. El teatro, la publicidad y después la televisión y el cine.

–Y desde el principio, lo que hacía en teatro y en TV era bien distinto, ¿no?

En tele hacía humor y en teatro, drama. Se conectaron las dos cosas. Mucha gente creía que era un actor cómico porque no venía al San Martín. Antes de eso hice el Payró, giras, obras de grandes autores nacionales… Uno, cuando se inicia, siempre quiere grandes papeles. Los chicos de ahora me desconciertan porque apuestan al éxito. Yo apostaba a tener un personaje importante, a hacer un teatro maravilloso. No desmerezco la televisión, pero todo lo que aprendí fue por el teatro, porque para un actor la tele es algo menor salvo que pueda crear e innovar. Esta es mi historia, yo la elegí. Me llamaron para hacer Boeing Boeing. Me llamaron infinidad de veces porque estaba con Tato, pero me quedaba en el San Martín. Me quisieron llevar a Mar del Plata para ganar mucho dinero y preferí quedarme acá. Ganaba un sueldo, nada del otro mundo, pero no era para despreciar. Tenía vacaciones y aguinaldo y, fundamentalmente, hacía cosas maravillosas. Esa sigue siendo mi inquietud, mi pasión.

–¿Lo más interesante de estar en la tele es llegar a un público distinto?

Esto que estoy haciendo en televisión me apasiona. Me gusta lo que pasa con la gente. Aunque hacemos una  familia típica judía, es ante todo una familia típica argentina: hijos que no se van nunca, peleas, un matrimonio desgastado. Estoy cansado de que las mujeres me digan “mi marido mira tele todo el día como usted”, y de que los maridos me digan “mi mujer es un hincha pelotas”. A la televisión le debo la fama. Me hice famoso con Tato. El otro día me nombraron Personalidad destacada de la Cultura y mostraron algo de ese programa  y la gente se reía a carcajadas. ¡Tiene una actualidad! Fui tapa de revista en esa época. Los  medios no eran como ahora, no había tanta inmediatez. Estoy harto hoy de que me llamen para notas. Y la gente en la calle está distinta. Antes era más adulta con respecto al éxito de un programa de televisión.

¿Está más cholula?

Totalmente. Tuvimos problemas. No había visto nunca esto, por ejemplo: unas chicas en el medio de una función sacaron un cartel para Lali Espósito (N. de R.: compañera de elenco en Las Brujas de Salem) que decía “te queremos”. Juan Gil Navarro detuvo un día la función porque no paraban de comer caramelos. Y cuando salís te están esperando para sacarse fotos. Pasa un tipo por la calle, que ni vio la obra, y te pide una. ¡No parás más! Ayer fui al bar de al lado, El Vesubio, a tomar un cafecito. ¡Ay, Dios mío! Se acercaron las mujeres que estaban al lado, vinieron otras, otras con chicos… Entonces uno sale corriendo. Me gustaría que fuera distinto. Esto no existía antes, quizás porque no estaban los celulares, entonces la gente te pedía autógrafos y era más difícil que tuviera un papel y un lápiz encima. La gente me llama mucho por el nombre del personaje. Me decían Lisandro, ahora Elías. Lo increíble de este programa es que se ha metido en la familia. Tengo una nieta de 11, la voy a buscar a la escuela y los chicos me gritan “Elíaaaas”. Me han dicho que tengo una pegada en todas las edades. Será porque soy abuelo. A Montecristo, en cambio, lo veía gente más grande.

–En ese contraste está esa otra característica tan suya: los registros actorales opuestos. Lo que hacía en Tato era radicalmente distinto a lo de Montecristo.

–Es otra de las cosas que me gusta trabajar. He escuchado a actores decir “no tengo nada que ver con tal personaje”. Uno siempre tiene algo que ver, porque tiene que poner cosas de uno. No es que uno ha torturado o matado gente, pero todos tenemos un ángel y un demonio adentro. ¿Quién en algún momento de su vida no deseó matar a alguien? Uno no lo hace porque hay una justicia y una ley y porque uno mismo no se lo permite. Pero el odio está en el hombre. En una charla de la Universidad de Palermo, dije que el gran personaje de Macbeth cuando mata al rey está matando al padre. Y dije: “¿quién no ha querido matar al padre alguna vez?” Un tipo se quejó. Pensé que le faltaba psicoanálisis. Con mi hijo mayor tuvimos un grave problema una vez y le dije, “a vos te gustaría matarme”. Yo pensaba en cómo ahorcar a mi viejo (risas).

–Bueno, lo dijo Freud, ¿no? No necesariamente hay que amar al prójimo.

–Me interesa mucho la psicología, me abrió muchísimo el panorama para el trabajo. Freud me gusta, pero estoy más con Jung. Él habla mucho de las tribus y de su conexión con la naturaleza. Yo intento eso. Y me fijo mucho lo que pasa alrededor, lo que me pasa con los trabajos. Siempre tienen que tener humor. Ese Lisandro lo tenía también. La vida no se compone sólo de una cosa dramática. Ningún personaje puede ser malo a ultranza. Yo lo defendía a muerte aunque no coincidiera con él para nada. Me lo enseñaron las Abuelas de Plaza de Mayo: esas familias torturaban, pero se llevaban a los chicos porque la mujer no quedaba embarazada. Es aborrecible, pero lo trabajé con ese personaje. Eso se lo puse yo: no se llevaban a los chicos nada más que para pegarles. No puedo empezar a trabajar con el personaje odiándolo, criticándolo. Yo soy él. Hay que estar conectado, de lo contrario es letra. Marlon Brando decía que es muy doloroso hacer determinados papeles. Te aseguro que terminábamos de grabar y quedaba de cama. A veces durante días.

 –Volviendo al tema inicial: cuando participó de Todos contra Juan, parecía que parodiaba al mundo intelectual. ¿Hay algo de él que repudie?

No me gusta cuando no se ve más allá. Al comienzo, algunos elencos defenestraban a actores maravillosos porque eran populares. A veces los intelectuales desmerecen. Yo leí mucha ciencia ficción, la descubrí cuando era pibe, y el mundo intelectual la desmereció; estigmatizó a Arlt por sus faltas de ortografía. No todo el mundo intelectual es dogmático, pero a veces tiene un léxico determinado y en el fondo está vacío. Ojo, los otros también. Siempre me gustó mucho la pintura, por ejemplo. En ese otro mundo, el no intelectual, sus habitantes deberían atreverse a decir que la pintura no les gusta, así sea de Picasso. Porque te llega o no: lo único importante es ponerse frente al cuadro… ¡puta carajo! Si todo el mundo habla maravillas fijate qué te pasa, tomate un tiempito para mirarlo de verdad y no decir solamente “no entiendo nada”. Es como la música. Ya nadie escucha música, sólo va de fondo. Hay que tomarse tiempo para determinar las cosas. Dentro de los intelectuales hay gente que pretende, y son mentirosos. Dicen cosas pero, al poco tiempo, cuando tienen éxito, dejaron todo eso atrás. Hay muchos directores así. Además, uno comete errores y acepta determinada cosa por dinero, porque le conviene. En ese caso no se puede seguir arriba del caballo. Lo popular es bueno también. Chaplin era sencillo. Alguien dijo que poder ser genial y sencillo es una de las cosas más difíciles.

–¿A qué actores admira?

–Me gustan los que trabajan con verdad, los que me movilizan. Hay gente que tiene un instrumento maravilloso, pero a la que no le pasa nada. Y el público compra. Alberto Segado me conmovía en sus obras. Hasta me olvidaba de que era mi amigo. Uno no siempre es genial como actor. Apuesto al que investiga, al que trabaja, al que insiste en hacer las cosas bien. No al que cree que se las sabe todas y las hace de taquito.

CUESTIONARIO PIVOT

–¿Cuál es su palabra favorita?
–Duda.

–¿Y la que menos le gusta?
Laescuché el otro día y dije “¿cómo puede ser?”: mogólico. Qué bueno este cuestionario. Te hace pensar.

–¿Qué lo enciende?
–El estar vivo, levantarme a la mañana y ver que me desperté. Tener trabajo y una familia. Una buena función. Una botella de vino. Una mujer, mi mujer, mis nietos. Verlas a mis nietas cuando llegan. Hay una que me mata.

–¿Qué lo apaga?
–La violencia. Yno sólo la de los tipos que se pelean. En este mundo el otro te pisa de cualquier manera, no reconoce a la gente. Hay una violencia no solamente física, de los poderosos contra los que no tienen nada. Me apaga la impotencia de no poder modificar, de que no le entren en la cabeza a la gente ciertas cosas. Me deprime, más que apagarme.


–¿Qué sonido o ruido ama?
Me encantan los pájaros, el runrún de las gatas. Tengo dos gatitas hermosas. Cuando una de ellas viene, quisiera saber qué le pasa, por qué viene y se refriega, si está buscando cariño. Veo que hambre no tiene, pienso en la conexión, me pregunto por qué se ubica en ese lugar donde yo duermo. Estoy muy conectado con la naturaleza. Amo el ruido del viento, el de la lluvia. La música. También al silencio. Me gusta estar de noche, solo, que no se escuche nada, o tempranito, tomando mate. El silencio. Aaah… Qué lindo es.


–¿Y qué sonido odia?
–¡El del despertador! Me gusta el trabajo pero no tener que levantarme temprano.

–¿Mala palabra favorita?
Puta madre carajo. Y boludo.

–¿Profesión que le gustaría probar?
–Violinista y bailarín.

¿Profesión que nunca haría?
–Esa la tengo bien clara: minero. Me parece una profesión horrenda la de meterte debajo de la tierra y escarbar en la oscuridad. En cualquier momento se puede venir abajo todo. Por supuesto que la gente que la hace no debe tener otro remedio o sus padres lo han hecho o aman esa profesión. He bajado a tierra y no he sentido pánico, pero de ahí a hacerlo todos los días… te volvés como un topo.

Si existiera el paraíso, ¿qué le gustaría que le dijera Dios en las puertas del cielo?
–Mirá, quedate tranquilo: aquí también vas a poder hacer teatro.

 

 

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