Gol de ORO

Ni el Checho, ni Maradona, ni Basile, ni Grondona, ni el fabricante de gorros de arlequines imaginaron lo que Ángel Di María debe haber soñado desde chico. Ese toque tremendo, masomenos perfecto, subió al centro del podio a la Selección de Fútbol, para que todo el mundo viera a Mascherano (el espíritu), a Messi (la estrella), a Riquelme (el conductor cuestionado), a Batista (el debutante), a Ustari (lesionado pero presente), a Agüero (el yerno), a Diego (el suegro) y al flaco rosarino, con los ojos grandes y los brazos abiertos por tamaño gol.

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