JUANJO DOMINGUEZ :: Adelante, maestro…

¿Qué pasa por su cabeza cuando cierra los ojos y toca como nadie? ¿Estará concentrado en esos puentes fascinantes que construye para llegar al pecho de cada uno de los que lo escuchan? ¿O es el trance de una experiencia, casi alquímica, que le permite sostener esa tríada perfecta que forman la mente y sus manos? Vaya a saber uno cuantas respuestas se van a dormir cada noche que Juanjo Domínguez vuelve a su casa de Burzaco, luego de intentar, como cada día, darle una vuelta nueva al mundo.

 

producción: Soledad Arréguez Manozzo

entrevista y textos: Marcelo León

Fotos: Alejandro Lipszyc · Archivo personal de Juanjo Domínguez

 

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Flashback

Finales de los ‘90. En una casona reciclada de Temperley un adolescente y su instructor de guitarra charlan antes de terminar la clase. El alumno mira cada tanto la colección de guitarras eléctricas, la pila de discos de Satriani y la foto del instructor junto a Stevie Vai, entonces pregunta quién es el mejor guitarrista de todos. El instructor, que hoy vive en España y lleva adelante su carrera de pirotecnia rockera, merecedora de reseñas en la revista Guitar Player, no lo dudó. “El guitarrista más increíble que existe se llama Juanjo Domínguez. Es un petiso de barba que vive en Burzaco (sic) y aunque lo veas tocar, no podés creerlo”.

 

Play

Solo o con su Trío. O con Andrés Calamaro. O acompañando a Goyeneche. O a Chabuca Granda. En el Salón Blanco de la Casa Rosada. En el altar mayor de la Basílica de Luján. En Japón, Alemania o Francia. En Burzaco o Adrogué. En el Tasso o en Caño 14. De traje o remera de bambula. De Gardel a los Beatles, de Zitarrosa a Lalo Shifrin. Juanjo Domínguez es usina de música. Así dijo Horacio Guaraní: “la guitarra es como la mujer, suena según quien la toca y en manos de Juanjo Domínguez es toda la vida”.

 

 Pause

Verano en Lomas de Zamora, pleno enero de 2010. La planta alta de un moderno Restó es toda nuestra. El aire acondicionado es una bendición. Llega nuestra ronda de gaseosas con hielo a la mesa, y se hace espacio entre discos, revistas y los grabadores, el digital que es un chiche, y el de cinta que hace un ruido seco cada vez que se presiona alguna tecla.

 

Rec.

Juanjo Domínguez acaba de llegar de Junín, pago de nacimiento y raíz familiar. “Le tengo un afecto muy grande. Es la ciudad de mis viejos, y si bien no me crié allá, me siento parte. Soy ciudadano ilustre de Junín, tengo una casa en el balneario y no quiero que ni los primos ni mi hermano me paguen lo impuestos,  para tener siempre la excusa de volver”. También es ciudadano ilustre de Almirante Brown, en donde reside desde siempre, y a donde siempre vuelve, porque al menos tiene que parar para dormir, ya que en temporada de verano Juanjo acumula kilometraje recorriendo distintas ciudades del país, ya sea por su agenda de presentaciones o por vacaciones, conceptos que se ha permitido amalgamar a lo largo de su carrera, gracias a su visión de cómo tomarse la vida.

 

PM: ¿Cuántas vale la libertad del artista?

JD: Todo. Luego de cuarenta años de carrera y más de ciento veinte discos, yo había decidido dejar de grabar. Hacía cuatro o cinco años que no grababa por la burocracia discográfica. Es que hoy prefiero caminar y hacer cosas para mí y no para otro. No es una postura egoísta, sino de defender lo que considero justo. Este nuevo disco, titulado Sin Red, está hecho desde mi sello, Junín Record.

 

PM: El concepto del disco es toda una declaración de principios.

JD: Muchos piensan que hacer una cosa en vivo es improvisado. Es más preparado que un disco de estudio, pero está la mano del técnico. Sin Red es sencillamente un salto al vacío, en donde de pronto podés caer bien, o podés caer de espalda. Yo estoy muy acostumbrado, porque mi espectáculo se desarrolla de esta forma siempre. En los conciertos en el exterior donde te piden un programa, yo siempre pido que coloquen la leyenda “el repertorio irá de acuerdo a la predisposición del artista”, así toco de pronto lo que la gente le gusta y encaro.

“Salgo a pasear no sé adónde ni por dónde ni con qué, pero salgo” dice en el track que abre el disco, explicando no solo un por qué, sino el cómo. Juanjo cree y profesa esa forma de vida. No es un mal llevado, tampoco un demente. “Me molesta cuando me agarran de la mano y me dicen “vamos a doblar” y yo por ahí quiero doblar en la otra esquina y para el otro lado. Siempre me maneje de esa forma. Y musicalmente es lo mismo. No es que arriesgue, es una forma de sentirme bien en el escenario, de no sentirme condicionado. Es una cuestión natural, y yo juego con esa cosa”.

 

Rew.

PM: ¿Cómo se fue dando su relación con la guitarra a lo largo del tiempo?

JD: A los 12 años me recibí de profesor. Seguí mis estudios hasta los 15 más o menos, pero estaba condicionado: la guitarra en la pierna derecha, el pie en el banquito, la mano doblada. Inclusive las partituras clásicas tienen hasta los matices escritos. No podés faltar el respeto al tocar una partitura a tu antojo, entonces para no faltar el respeto, no lo hago.

 

PM ¿Qué características tiene que tener un buen maestro?

JD: Lo más importante no es el maestro sino la predisposición del alumno. Si no está la predisposición…Yo a mi profesor lo atormentaba a preguntas. Por momentos se lo notaba medio molesto y por momentos no, y muchas veces se lo decía a mi papá: “pregunta mucho, pero es necesario”. El que pregunta aprende porque quiere, porque tiene curiosidad. El maestro se hace grande gracias a las ganas que tiene el alumno.

Hace muchos años estuve enseñando. Y cuando el alumno venía a una lección, con sólo verlo entrar ya me daba cuenta si había estudiado o no, y al comentárselo a la madre, venía esa respuesta: “sí, anda medio vaguito, pero antes de que esté en la calle…”

Mi primer profesor fue Marcelo Torterolo, de la Academia Oliva de Lanús. Me tomaba Teoría y Solfeo. Yo era pibe, y se ve que él venía cansado a las clases, porque cuando yo empezaba a solfear, él empezaba a los cabezazos; entonces yo decía cualquier nota, pero él se despertaba al instante. Tenía el solfeo en la cabeza, ni dormido lo pasaba. Era un gran profesor.

En el Julián Aguirre de Lomas de Zamora tomé clases con María Angélica Funes, que fue alumna de María Luisa Anido, una guitarrista que estuvo rankeada tercera en el mundo. Yo la amaba a esa mujer porque encerraba todo: era la gran profesora, la gran instrumentista, la buena docente, trataba bien, enseñaba bien, tenía talento con el instrumento. ¡Qué lindo cuando tu profesor es tu ídolo! Las ganas de los chicos y de los grandes que quieren aprender se nota a primera vista. Hay personas sensibles, que no necesariamente tienen que saber música para amarla.

 

Mute

PM: ¿Cómo vive su vínculo íntimo con la música en el día a día?

JD: Como divertimento, no es una obligación, ni una necesidad. El día que a mí me cueste algo con la guitarra no toco más. Para mí es como leer o hablar, es muy natural, no tengo dificultades. Yo creo que hay un triángulo formado por la mente y las manos: el día que ese triángulo no funcione, listo. Hoy, si el cerebro recibe una música yo la toco. Después de cincuenta años no necesito practicar más. La prolongación de mis manos es la guitarra, es muy difícil explicarlo. Una vuelta Maradona me preguntó cómo hacía y la misma pregunta se la trasladé a él. Es natural, hay cosas que no se pueden explicar. Por eso las clases magistrales que se dan por el mundo no sirven, porque a cada duda o pregunta que evacues te surgen miles de problemas nuevos.

 

PM:  En gran parte de su espectáculo está con los ojos cerrados. Uno lo puede interpretar de muchas maneras. ¿Cómo vive esa experiencia?

JD: ¡Cierro los ojos porque soy muy distraído! (Risas). Como la canción No hago otra cosa que pensar en ti, de Serrat, en donde el tipo se distrae con un piba andando en bicicleta, yo soy un poco así, entonces cierro los ojos para meterme en lo mío. Pero también está ése ida y vuelta con la gente, tan necesario. Cuando te gusta un paisaje, lo miras, lo mismo pasa con algunas miradas, que incluso te pueden llegar hasta enamorar. Miro, casi espío, al público mientras toco, y puedo notar cómo les llega la música. Y también me ha pasado de tener algo especial con otros artistas. Hay cantantes que me enamoran por la forma en que hacen su arte, me atrapan. Creo en las miradas, en eso de a primera vista. La música es la misma historia. Hay un tema que se llama Ternura, de uno de los Indios Tabajaras, que hacen que un tipo duro como Horacio Guaraní, se conmueva solo con las primeras notas, y me pida que por favor no la siga tocando. Andá a saber lo que tienen esas notas para él.

Hay un tema de Agustín Barrios Mangoré, uno de mis grandes referentes, que se llama Un sueño en la Floresta, que se lo dedicó a la mujer cuando falleció. Es un trémolo, y no lo puedo escuchar completo, es una cuestión de piel.

 

PM: ¿Cómo es la recepción por parte del público en las distintas partes del mundo?

JD: El aplauso de Japón es muy serio, hasta que no se apaga el sonido de la guitarra no empieza. Gracias a Dios tengo varios aplausos de Alemania, Francia, Austria, Turquía, y de toda Latinoamérica. Y puedo a caer en un lugar común, pero que comprobé real: no hay  calor como el del público argentino.

 

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ES LA GUITARRA DE JUANJO

“Habitualmente en las giras por Japón nos recibe Daisaku Ikeda, referente mundial para los budistas, un auténtico defensor de la paz. Sus alumnos lo miran a cinco o seis metros y si se arriman un poco más, tienen que bajar la vista, no lo pueden ni tocar. Él es el fundador de la Asociación de Conciertos Min-On, que impulsó la llegada de artistas argentinos a Japón. Siempre se le lleva un regalo a Ikeda, entonces decidí llevarle mi primera guitarra.

Él no entendía qué pasaba, entonces le expliqué mediante la intérprete que esa era mi primera guitarra, con la que aprendí, y que la quería dejar en el museo Min-On. Él se sorprendió, y me dijo que era demasiado peso espiritual. Le dije que igual la quería dejar, entonces me dijo “No sé cómo pagar”. Aproveché la oportunidad, como buen argentino,  y le pedí que me pague con un abrazo. Se arrima y me dio un abrazo que salió en todos los diarios. Ese acercamiento fue impresionante.

Tengo la suerte de que la guitarra está en una vitrina aireada para que la madera no se eche a perder. A un lado está el violín de Paganini y al otro el piano de Beethoven. Fue un esfuerzo grande de mi vieja esa guitarra, y creo que desde el cielo está agradeciendo que la haya llevado a allá, porque está mejor conservada”.

 

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Juanjo Domínguez – Andrés Calamaro:
ALTA SOCIEDAD

 

PM: Se dio una amalgama muy interesante entre ambos, es otro puente más entre las músicas populares, entre el rock nacional y el tango. ¿Te imaginabas alguna vez en un contacto así?  

JD: No. A Andrés lo conozco hace rato. La mayoría de los rockeros eran seguidores del Polaco Goyeneche, me acuerdo que Charly, Baglietto, Gieco estaban en las primeras filas cuando tocábamos en Caño 14. El caso de Andrés fue así: un día me llama por teléfono y me dice que quería hablar conmigo, porque hacía muchos años que andaba detrás de eso y nunca se animaba a marcar el teléfono. Me dijo también que estaba con un amigo, que también quería conocerme. Me preguntó si podían ir hasta mi casa, y se apareció nomás con su amigo. Habían comprado discos para traerme, y discos míos para que se los firme. El amigo era Javier Limón, el productor Paco de Lucía, entre otros muchos artistas, a quien no conocía personalmente, y que llegó con una valija en mi casa. Yo estaba haciendo un asado, mientras ellos se acomodaban. En eso veo que Limón abre la valija y saca una consola portátil. A la par, Andrés tocaba un tango en la guitarra, pero llevaba mal la melodía. Entonces le dije “Andrés, no es así; mirá. Y el otro iba grabando todo. Y así salió en el disco Tinta roja. A los meses, cuando lo escuché me quería morir. Lo llamé y le dije “Andrés, me van a echar del barrio por culpa tuya… Tenemos que hacer algo en serio, esto así está a los ponchazos”. A la semana apareció de nuevo por casa con un cuadro. Le saco el papel que lo envolvía: era el Disco de Platino que había ganado. Esas son las cosas que te hacen abrir los ojos. Yo grabé el Motuo Perpetuo de Paganini que tiene 1449 notas que hay que hacer en tres minutos a velocidad de violín, me maté, y pasó casi desapercibido, salvo para algunos músicos, y esa grabación, así nomás, en una semana fue Disco de Platino.

Esas cosas me hacen valorar a Andrés. Él no necesita meterse en el tango, él ya tiene su mercado cubierto, actúa en el estadio y mete cuarenta mil personas. Entonces, yo le agradezco porque no lo hace como otros que ridiculizan el tango, lo hace porque lo ama de verdad. Siempre le digo que en la medida que no faltemos el respeto, yo estaré ahí con él haciendo música. Este año vamos a grabar un disco juntos, guitarra y voz, nada más. Pero en serio.

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“Fue a los cinco años, mi padre tocaba un poco la guitarra,
un día estaba jugueteando con una melodía que no le salía
y yo mentalmente sabía lo que él estaba buscando,
entonces le pedí reiteradas veces que me la prestara
pero por mi edad él se negaba,
hasta que un día lo hizo y toqué lo que él no podía sacar;
a partir de ese momento mis padres se dedicaron
a mandarme a estudiar a una academia”.

 

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www.juanjodominguez.org

 

 

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3 pensamientos en “JUANJO DOMINGUEZ :: Adelante, maestro…

  1. cosas raras y muchas… respetos, demasiados, yo personalmente me quedo con las dos cosas y obviamente con los dos andres y juanjo sinergismo que solo puede entender la musica donde la madre es una sola y los padres son muchos y esto no hace de ella una cualquiera, rock & tango o tango & roll que mas da!!!
    sigamos celebrando que existen los creadores y se extinguen los “quebradores” (criticos) critiquen esta!!!! melodia

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