Nada detiene a LUCIANO CÁCERES

 Laburantes, madres con sus hijas y hombres deseosos de llevar un presente a su novia se detienen ante Luciano Cáceres. “Una foto”, le piden, y el hombre accede amablemente, sin esperar que se lo digan dos veces. Parece llevarse bien con la popularidad que le generó su participación en El elegido que, evidentemente, marcó un antes y un después en la carrera de este actor y director que pulula entre el teatro, la televisión y el cine, así como también en el mundo independiente y el comercial. “Siempre me pidieron fotos, pero ahora muchas más”, afirma. “Lo vivo con tranquilidad porque hice las cosas bien. Estoy en el lugar que estoy no por escándalos, sino por laburo. Y la gente se me acerca con respeto porque está viendo a un actor y no a un fenómeno de turno.” Pablo, su rockero de Graduados, la tira de Telefe en la que se lo puede ver actualmente (de lunes a viernes a las 21.15), multiplicó la fama o, como a él le gusta entenderlo, extendió la posibilidad de llegada a un público que no es el que tiene desde un principio. Porque él nació y creció tras bambalinas.

Entrevista: María Daniela Yaccar · Fotos: Jorge Noro

Precisamente, la primera anécdota que surge de su historia como artista, en la que se contabilizan treinta puestas como director, alrededor de 16 películas y una pila de obras a las que les puso el cuerpo, es que fue “concebido en un teatro”. Según parece, su destino estaba marcado.  “Mi papá tenía un teatro independiente que se llamaba Teatro de la Calle Rincón, al que iban seguido sus compañeros de laburo de la municipalidad. Mi mamá era una de ellas, y se ve que iba más de la cuenta. Mi viejo dormía en el escenario, en un colchón que sacaba de debajo de las tablas”, amplía. Y repite: “Fui concebido literalmente encima de un escenario”. Asegura que desde que tiene memoria lo único que le importó fue actuar. A los nueve años ya estaba estudiando. Una de sus primeras maestras fue Alejandra Boero. A los once daba sus primeros pasos actorales.

Y a los 19, quizás siguiendo los pasos de su padre, ya tenía su propio teatro independiente. “Nunca me quedé esperando que me llamen. Soy generador de proyectos”, se define. En Quintino, como se llamaba aquél espacio cultural, comenzó a dirigir. A la par, como es habitual en el mundo de la autogestión, trabajaba de cualquier cosa para financiar sus proyectos. Lo último que hizo fue atender un kiosco y repartir volantes. “Un día dije, ‘basta, no laburo de otra cosa’. Me enteré de la audición de una obra que iba a dirigir Norma Aleandro. Quedé, después ella se enfermó y no lo hizo.” Rompiendo códigos, en Paseo La Plaza, fue el comienzo de la posibilidad de vivir para y por pero también del arte. Ha trabajado, desde entonces, con grandes directores, como Javier Daulte y Helena Tritek.

 

-¿Tenés nostalgia por esos momentos de independencia pura?
-No, porque sigo dentro de ese mundo. El año pasado hice una obra independiente en el Teatro del Abasto, llamada Esa no fue mi intención. Estuve muy ocupado este último tiempo, con la obra En el cuarto de al lado cinco veces por semana, grabando todos los días en la tele y con el reestreno de El cordero de ojos azules en el Alvear. Pero proyectos hay todo el tiempo, tanto para el teatro independiente como para pelis.

 

-¿Cómo trabaja el actor cuando está cansado?
-Como cualquiera. Es un privilegio laburar de lo que te gusta, entonces el cansancio se autorecicla, se transforma en energía positiva. Más en este momento en el que todo lo que estoy haciendo me gusta, porque puedo elegir. Y estoy agradecido de eso, que es resultado de todos los años de formación y de yugarla. Tengo un sustento detrás, no es de improvisado que estoy en el lugar que estoy. Había momentos en los que hacía cosas que no me gustaban tanto, en la tele o en el cine. Pero con eso vivía y financiaba otros proyectos.

 

-Cierta vez comentaste que tenías prejuicios con los trabajos televisivos. ¿Se esfumaron, finalmente?
-Eran prejuicios que tenían que ver con mi formación. Además, mis participaciones eran tan breves que cuando creía entender un poco cómo era la cosa se me acababa. Después entendí que la actuación es mi oficio y que puedo laburar en la televisión con la misma responsabilidad y el amor que le pongo al teatro. La tele pide una eficacia y una velocidad que el teatro no. Por otro lado, aprendí que hay que generar complicidad con las cámaras y los técnicos, porque no es uno solo el que cuenta un relato.

 

-¿Qué es lo que hay detrás de trabajos tan distintos que acontecen en ámbitos tan distintos? ¿Una necesidad expresiva?
-Me gusta mucho laburar, no soy nada perezoso. Estoy contento cuando laburo. No puedo estar de vacaciones, aguanto una semana y empiezo a cranear cosas. Mi descanso es activo. Todo el tiempo me dicen “para un poco”. Pero no quiero.

 

-¿Qué significó para vos El elegido?
-Se terminaron de juntar el actor, el personaje y el nombre. El público empezó a asociar todas las cosas. Antes había hecho cosas masivas pero no con roles tan importantes. Estuve dos años en Patito feo, que tenía 18 puntos a la tarde. Lo veía más gente que El elegido pero era otro target. Se vendió a más de 120 países: yo estaba en España y me conocían por ese programa. Es decir, la masividad llegó antes, pero era “el de Patito Feo”. Ahora soy Luciano Cáceres.

 

-¿Cómo sos como director?
– Soy muy exigente y genero una relación de confianza con los actores y con todo el equipo. El teatro necesita afinidad de muchas cosas: la luz, la escenografía, el sonido. Hay que marcar un camino que genere seguridad para todos. En eso fallan nuestros tiempos, en la falta de dirigentes que marquen un camino que no sea propio sino que incluya a todos. Los que se encargan de dirigir todavía no terminan de agrupar todas las necesidades. Estoy muy de acuerdo con el gobierno en muchas cosas, como la inclusión, los derechos humanos, decisiones económicas y la presencia latinoamericana de agrupación. Todo me parece muy utópico, bolivariano, sanmartiniano, con energía revolucionaria. Pero al mismo tiempo, está lejos de ser lo ideal. Y esa energía a veces choca con seres impresentables que no se pueden disfrazar con nada. ¿Por qué este modelo tiene esos próceres como bandera? Igual debe ser muy complicado. No quisiera estar en un cargo. No me veo con la capacidad.

 

:: Lo arreglamos en casa

Hasta abril, Cáceres compartió cartel con su mujer, Gloria Carrá, en el teatro Apolo con la destacada obra En el cuarto de al lado (de Sara Ruhl, con adaptación y dirección de Helena Tritek). No es la primera vez que se mezclan pareja y trabajo en la vida del actor, quien es, además, papá de la pequeña Amelia, de dos años y medio. “Con Gloria nos conocimos laburando juntos, hace ya diez años. Éramos buenos compañeros y nada más. Luego de la segunda obra nos pusimos en pareja. El año pasado hicimos una tercera. Somos muy buenos compañeros, la elijo como actriz y compañera antes que todo”, subraya Cáceres.

 

-Cuando la pareja se dedica a lo mismo, ¿uno se enamora, también, de cómo encara el otro la profesión?
Lo primero que me gustó de Gloria fue eso: la empecé a mirar como actriz. Después la fui conociendo como persona y madre. Fue una sorpresa porque también tenía prejuicios y me pasó el trapo: era excelente lo que hacía en Bésame mucho. Se morfaba la obra.

 

-¿Y cómo te llevás con la paternidad?
-Es lo más lindo del mundo. Me costaba entender qué es vivir en el presente, tenía que hacer un esfuerzo. Tener un hijo te lleva a especular menos, a ocuparte del día a día. Hay programación pero no especulación.

 

-¿También fue concebida en un teatro?
-(Risas) A diferencia de mis padres, nosotros nos casamos y armamos otra historia. Ella es fruto de un encuentro de amor. La gorda es eso: puro amor. Todo el que la conoce queda bobo. Es impresionante lo que genera. Es muy dada, muy histriónica.

-Tenés 35 años, en los ’80 eras todavía un niño. ¿Tuviste que investigar sobre esa época para la interpretación?
-No, porque no era tan chico. La viví. En esos años reafirmé mi vocación y entré en la adolescencia. Saber lo que querés a esa edad es muy raro para los demás: en el colegio era el freak. Mis amigos eran más grandes. Laburaba con gente de 50, 60 años. Si bien era el más chico en los elencos, iba a comer pizza y tomar cerveza con gente grande. Ellos me pasaban otra información, veía otras películas. ¡Empecé a leer Shakespeare a los diez años! No tenía onda con mis compañeros de colegio, era otro tipo de persona.

 

-En El elegido eras realmente malvado. ¿Es más atractivo trabajar con personajes tan opuestos al carácter de uno?
-Sí, porque te da la posibilidad de componer. En los ’80, Pablo es el Bon Jovi adolescente, el típico lindo creído del colegio. Nada que ver con lo que yo era. Y el de la actualidad es un metrosexual, un tipo muy egoísta ocupado sólo de sí mismo, también muy distinto a mí: yo intento estar conectado con cosas más emocionales. De todos modos, en todos los personajes hay mucho de uno: de lo que viviste, leíste y viste. Después de la trama oscura de El elegido, tenía ganas de hacer comedia. Con Pablo puedo reírme del rol de galán. Él se ríe de la belleza que cree tener, juega con las cremas. No se pone en “potrazo”.

 

-¿Te gustaba Bon Jovi?
-No me gusta ni me disgusta. No era hippie, porque no soy para nada relajado, aunque tenía mis chatitas como cualquier artista. Escuchaba a Spinetta, a Charly, a Fito, a Los Redondos. También escuchaba Los caminos de Federico, de Alfredo Alcón, o La Típica en Leve Ascenso, la banda que tenía Miguel Ángel Solá con Juan Leyrado que era una asociación de músicos, actores y pintores. Ahora Solá la está resucitando en España. También me gustaban Sonic Youth y Genesis. No curtía mucha moda. Si iba a un asalto pasaban la música de moda. Pero solía ir a fiestas que tenían que ver con el teatro, donde bailaba temas de Juan Luis Guerra.

 

 

 


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